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La Casa Solans, una joya en la margen izquierda

Casa Solans 1

Os proponemos una visita a la Casa Solans, un testimonio de cómo la ciudad fue creciendo en las primeras décadas del siglo XX por la margen izquierda del río Ebro

Texto: Armando Cerra

¿Qué tal cruzar el Ebro por el Puente de Piedra o mejor por el Puente de Hierro? Por cierto, otro día os hablaremos más en profundidad de estos y del resto de puentes de Zaragoza. El caso es que hoy queremos cambiar de orilla del río y visitar uno de los testimonios más singulares de la arquitectura modernista y ecléctica en la ciudad. Nos vamos a la Casa Solans.

Una construcción que ahora ronda los 100 años de historia, ya que fue un proyecto que el empresario Juan Solans encargó en 1918. Desde ese año y hasta 1921 trabajó en su diseño y construcción el arquitecto Miguel Ángel Navarro Pérez, uno de los más insignes de la época, puesto que también es el autor del edificios como el Sanatorio de la Cruz Roja en la Plaza de los Sitios, el actual Teatro del Mercado originalmente concebido como mercado de pescados o la Casa Palao de la que os hablamos hace unos días recorriendo el Paseo Sagasta.

En definitiva, que Juan Solans y Miguel Ángel Navarro volcaron muchas horas de trabajos y de sueños en esta residencia. Porque el empresario deseaba que su casa deslumbrara y que fuera un edificio adaptado a la moda de los nuevos tiempos. Y todo ello a un paso de su lugar de trabajo, ya en este entorno del Arrabal estaba la empresa que él mismo dirigía, la fábrica La Nueva Harinera.

Sin embargo, todo aquel trabajo conjunto del promotor y el arquitecto se fue al traste de golpe. Casi acabada, la obra sufrió un grave incendio en 1921. Un varapalo tremendo. Y aunque las obras se reemprendieron, el industrial nunca llegó a habitar en esa casa, ya que falleció antes de que se acabara en 1926.  No obstante, su viuda, Rafaela Aísa Farasdués, se trasladó allí a vivir una vez concluida. Y no solo eso, residió allí hasta su fallecimiento en los años 60.

Sin duda, hay que imaginarse el brillo de esa residencia. Hay que recordar, que por aquel entonces toda esta área del Arrabal y del barrio de Jesús rebosaba de actividad industrial. Algo de lo que todavía podemos descubrir vestigios en un paseo, por ejemplo acercándonos hasta las espigadas chimeneas de la antigua Azucarera o recorriendo los aires de principios de siglos que tiene el edificio de la Estación del Norte. De manera que islas residenciales llamarían la atención, y más aún si eran tan atractivas como Casa Solans, la cual desde muy pronto fue conocida como Casa de los Azulejos.

Obviamente eso se debe a la decoración en ciertas partes de sus fachadas. Esos azulejos, como los dedicados a varios signos del zodiaco, incrementan todavía más el colorido del conjunto, ya de por sí recargado y muy dinámico. No solo porque se alternen las superficies rectas con la curvas de balconadas y miradores, también porque es todo un derroche de materiales. Hay madera, ladrillo, mosaicos, baldosines, forja, columnas policromadas o piedra artificial tallada en las partes más altas.

Un espectáculo visual. Y eso solo en el exterior, porque en los tres pisos y el sótano que articulan la vivienda por dentro también están ornamentados con gusto y abundancia. Destacan los pavimentos cerámicos y los mosaicos. Eso mirando al suelo, pero si se levanta la vista nos atraen los techos con numerosas decoraciones a base de escayola policromada.

Toda la casa está decorada al gusto de aquellos años. Por supuesto, está muy ornamentada la planta principal donde estaban las habitaciones de la familia, además de una capilla y dos miradores a los jardines. Hay menos detalles artísticos en la planta alta destinada al servicio. Y donde realmente los decoradores se explayaron fue en el vestíbulo, la escalera y la sala de las visitas de la planta baja. Unos espacios que durante años acogieron algunos de los eventos sociales más esperados de la burguesía zaragozana.

Sin duda aquellos fueron los momentos de esplendor de esta edificación. Pero con la muerte de su propietaria. Llegó el declive. Primero fue desocupada, luego abandonada a su suerte y finalmente lugar perfecto para el robo y los actos de vandalismo. Lo que era una joya de la arquitectura modernista y ecléctica en Zaragoza se declaró una ruina e incluso pudo acabar derribada.

Por fortuna, aquello no sucedió y antes de que acabara el siglo XX, se emprendieron trabajos de protección y posteriormente de restauración. De esta manera alcanzó una nueva vida cuando la Expo la transformó durante desde 2006 hasta 2015 en Oficina de la Década del Agua de la ONU.

Ahora ya no tiene un uso oficial, pero luce hermosa en el número 60 de la Avenida de Cataluña. De vez en cuando se hacen visitas guiadas, muy reducidas, pero merece la pena estar atentos a esa oportunidad. O al menos darse una vuelta por la margen izquierda y descubrir este monumento tan especial. Uno más de los muchos que esconde Zaragoza.

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Fotos: Wikipedia

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