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Zaragoza tuvo su propia Torre de Pisa: era más alta que la italiana y la derribamos nosotros mismos

Ninguno de nosotros la hemos visto en pie. Y aun así, pocos monumentos pesan tanto en la memoria de Zaragoza como la Torre Nueva. Estaba en la plaza San Felipe, en pleno casco viejo. Era más alta que la Torre de Pisa. Se inclinaba, igual que ella. Y en 1892 la echamos abajo nosotros mismos, en una decisión que todavía hoy escuece. Tanto escoció entonces que los intelectuales de la época le pusieron nombre propio: el “turricidio”.

Vamos por partes, que la historia lo merece.

Grabado histórico de la Torre Nueva de Zaragoza en la plaza San Felipe antes de su derribo en 1892

Una torre levantada en 15 meses (y más alta que la de Pisa)

Corría 1504 y Zaragoza era una de las ciudades clave de la Corona de Aragón. La ciudad necesitaba un reloj y unas campanas que marcaran el horario oficial y guiaran la vida capitalina, así que el concejo decidió levantar una torre para ello. Pidieron permiso al rey, que por entonces no era otro que Fernando el Católico, y el monarca dio su beneplácito. Todo aquel proceso quedó registrado en los archivos: sabemos quiénes formaban el equipo de maestros de obras —cristianos y mudéjares trabajando juntos— y hasta cuánto cobraron.

Lo que más sorprende es la rapidez: en solo 15 meses el grueso de la torre estaba en pie. Y menuda torre. Superaba los 80 metros, casi treinta más que la de Pisa, que se queda en unos 57. Durante siglos fue el edificio maño más alto, un gigante en el skyline de la ciudad que cumplía su misión de sobra: el reloj se veía desde cualquier parte y sus campanadas se oían hasta en los alrededores.

Y encima era preciosa. Durante mucho tiempo se escribió que la Torre Nueva era una de las construcciones mudéjares más hermosas de España. Cuatro cuerpos, el más bajo con forma de estrella de 16 puntas y los otros tres octogonales, todo decorado con esa combinación de ladrillo y cerámica que por suerte todavía podemos disfrutar en las torres de la iglesia de San Pablo o de la Magdalena.

¿Por qué se inclinaba?

Por las prisas, básicamente. Arquitectos de épocas posteriores comprobaron que los cimientos de semejante mole nunca fraguaron como debían. Primero hubo que cambiar una campana defectuosa; después llegó lo gordo: la torre se inclinaba, y se inclinaba mucho. Se reforzó la base y, bastante más adelante, se sustituyó la parte más alta por elementos más ligeros.

Eso sí: una vez alcanzado su punto de equilibrio, ahí se quedó. La inclinación no fue a más. Igual que pasa con San Juan de los Panetes, que sigue tan torcida y tan de pie como siempre. La Torre Nueva aguantó de todo durante casi cuatro siglos: vendavales, cambios de reloj, retoques en el remate… e incluso los bombardeos de los Sitios, cuando hizo de puesto de vigilancia para controlar los movimientos de los franceses. Ni así se vino abajo.

El “turricidio”: cuando Zaragoza votó derribar su símbolo

Pese a su indudable resistencia, su altura y su inclinación siempre fueron una sombra amenazante para los vecinos de la plaza. A lo largo de los siglos XVIII y XIX se le hicieron varios estudios técnicos y la mayoría dictaminó que era estable. El propio José de Yarza, que la reforzó en 1860, aseguraba que no se iba a caer. Pero al final ganó el miedo.

La ciudad se partió en dos bandos con nombres que parecen de broma y fueron muy reales: los “turrófilos”, dispuestos a salvar la torre contra viento y marea, y los “turricidas”, que pedían el derribo. Hubo recogidas de firmas —muchas llegadas de fuera de Zaragoza, donde el valor de la torre se apreciaba enormemente— y campañas en prensa de intelectuales como los hermanos Gascón de Gotor, que calificaron aquello como el mayor crimen artístico cometido en España. Dio igual: el 12 de febrero de 1892 el pleno municipal votó a favor del derribo. Aquella sesión pasó a la historia como el pleno del turricidio.

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Subir a despedirse y comprar los ladrillos de recuerdo

Lo que vino después tiene su punto surrealista. Antes de la demolición se levantó un andamio para que los vecinos pudieran subir a despedirse de la torre, pagando un precio simbólico. Algo bastante temerario, por cierto, si de verdad se tenía tanto miedo a que se cayera; ya en la época hubo quien lo criticó. El derribo comenzó en el verano de 1892 y se prolongó durante un año entero. Y como colofón, sus ladrillos se vendieron a modo de recuerdo. Seguro que más de una casa zaragozana guarda, sin saberlo, un trocito del monumento perdido.

El lugar más alto de Zaragoza durante siglos desapareció así, ladrillo a ladrillo. Pero nunca ha terminado de irse.

Las huellas de la Torre Nueva en la plaza San Felipe

Si te acercas hoy a la plaza, la torre sigue ahí para quien sabe mirar. En el embaldosado, enfrente del Torreón Fortea y bajo la animada terraza del pub Planta Calle, se distingue un octógono que marca el emplazamiento exacto donde se levantaba.

Escultura de bronce de Santiago Gimeno Llop en la plaza San Felipe mirando hacia donde estuvo la Torre Nueva

A su lado queda una evocadora escultura de bronce de Santiago Gimeno Llop: un joven sentado en el suelo, mirando hacia el lugar donde estuvo la torre. Y casi la puede ver, aunque sea pintada, porque en el cruce de la plaza con las calles del Temple y Torre Nueva hay un mural de Vicente Gómez Arbiol y Fabiola Gil Alarés donde la torre vuelve a asomar, ya integrado en la imagen de dos locales de comida bien distintos: la Creperie Flor y el Rincón de Hanoi.

Mural de la Torre Nueva sobre el Rincón de Hanoi, en el cruce de la plaza San Felipe con la calle Torre Nueva

Y todavía hay más. En el interior de Montal, la familia lleva generaciones recopilando objetos y documentos relacionados con la torre, y hoy los enseña a sus clientes en un singular espacio museístico.

En definitiva: cuando paseéis por el centro, acercaos a la plaza San Felipe. Entre las terrazas, el Museo Pablo Gargallo y la fachada barroca de la iglesia de San Felipe, esta plaza tiene algo que no tiene ninguna otra: un monumento que solo existe en la memoria. Más de 130 años después del turricidio, la Torre Nueva sigue siendo la gran ausente de Zaragoza. Y la que nadie ha conseguido olvidar.

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