Disfrutando del arte en Zaragoza: Kiki de Montparnasse en el Museo Pablo Gargallo - Enjoy Zaragoza
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Disfrutando del arte en Zaragoza: Kiki de Montparnasse en el Museo Pablo Gargallo

Kiki de Montaparnasse en el Pablo Gargallo

Hoy os proponemos revisitar el Museo Pablo Gargallo de Zaragoza, en la siempre atractiva Plaza de San Felipe de Zaragoza

Texto y fotos: Armando Cerra

Cada vez que se entra al Palacio de los Condes de Argillo que acoge el Museo Pablo Gargallo de Zaragoza es una invitación a viajar en el tiempo. Concretamente hasta el siglo XVII cuando a la capital maña todavía se la conocía como Zaragoza La Harta, por la gran cantidad de casonas y palacios que había repartidas por todo su casco histórico y por la riqueza comercial que se respiraba a orillas del Ebro.



No obstante, ahora que las restricciones nos impiden los largos desplazamientos, vamos a aprovechar la visita al Museo Pablo Gargallo para hacer un viaje virtual a otro lugar y otro tiempo. En concreto al París de los felices años 20. Obviamente lo vamos a hacer de la mano del gran escultor aragonés. Y para ello nos basta con contemplar una de sus obras más geniales y hermosas: el retrato de Kiki de Montparnasse.

La familia Gargallo abandonó Maella siendo Pablo un niño. De manera que el escultor culminaría su formación y daría sus primeros pasos artísticos en Barcelona. Sin embargo, la Ciudad Condal se le quedó pequeña y siendo joven se marchó becado a París. Es cierto que durante un tiempo estuvo yendo y viniendo entre Francia y España, pero a partir de 1923 se instaló definitivamente en la capital gala y llegaron sus años de mayor efervescencia creativa y seguramente los más revolucionarios en cuanto a técnica y concepto.

En el museo podemos ver un buen muestrario de sus creaciones francesas. Y entre ellas destaca la singular representación de Kiki de Montparnasse. Una obra de 1928.

En ella solo usó una chapa de bronce extraordinariamente pulida hasta sacarle todo su brillo dorado. Una chapa curvada con la que representa un peinado a lo garçon, un ojo con un fuerte maquillaje, una nariz de perfil respingón y unos carnosos labios sesgados por el centro de la boca. No hay más. Bueno sí, el hueco de la chapa cóncava que provoca a nuestra imaginación para que compongamos los rasgos de una mujer hermosa y sensual. Somos nosotros, los espectadores los que debemos rellenar ese vacío que el artista ha integrado en su representación.

Haced la prueba si vais al museo. Contemplad la pieza con tranquilidad y sin prejuicios. Miradla desde los diferentes ángulos que permite el montaje expositivo. Buscaros en los reflejos de la chapa hasta integraros en la obra. Seguro que os entrarán ganas de tocarla, tal vez por eso se la protege con una urna transparente. Y es que Gargallo ha sabido darle al frío metal una calidez y sensualidad de lo más atrayente.

Artísticamente es de una modernidad absoluta. Nos presenta un busto hueco, podría parecer más una máscara, casi un casco, que un retrato. Y sin embargo, todos (o casi todos) vemos el rostro de una mujer.

Ya que estáis en el museo, aprovechad para compararla con otras obras del mismo artista y no demasiado lejanas en el tiempo. Por ejemplo, muy cerca se expone el retrato de una Joven Española con su melena, sus ojos almendrados y su nariz trazada al modo cubista. El tratamiento estético y artístico en ambas piezas es completamente distinto. O comparad la delicadeza y los reflejos de la Kiki con la expresión de fuerza bruta que representa en el relieve de La Bestia del Hombre.

Sin duda la obra es magistral y especial. A la altura del personaje al que representa, porque la mujer retratada existió de verdad, y si bien en su partida de nacimiento ponía Alice Prin, ella se hacía llamar Kiki, y todo el París bohemio la conocía como la Reina de Montparnasse, el barrio donde vivía el escultor aragonés.

Esta mujer hizo sus pinitos como pintora, además de participar en varias películas vanguardistas, o era una habitual en los escenarios de los cabarets más picantes. E incluso escribió una autobiografía tan interesante como escandalosa con solo 28 años. Pero sobre todo Kiki fue la musa para toda una generación de creadores, y de las más variadas disciplinas. Desde el fotógrafo Man Ray, con el que mantuvo uno de sus más largos romances, hasta escritores como Jean Cocteau o diversos pintores y escultores. A todos ellos les inspiró y para casi todos posó, principalmente desnuda. En cambio no lo hizo para la obra de Pablo Gargallo, quien se basaría en su propia imagen mental de la mujer para recrearla.

Es la Kiki que él percibía. Una mujer radiante, diferente, seductora y misteriosa. Así es esta escultura que está entre las obras cumbres de Pablo Gargallo. Un autor que en ocasiones desconocemos sus paisanos, pero que aportó elementos rompedores y novedosos a su época. Un genio que era admirado por sus colegas y amigos, como el propio Picasso, del que también vemos un retrato en el museo de la plaza de San Felipe.

Y es que la trayectoria de Pablo Gargallo es la de un escultor muy aclamado y en constante evolución. Capaz de moldear atléticos cuerpos de los Jinetes como los que nos dan la bienvenida en el museo y también de abrir nuevos caminos creativos con su portentoso Profeta que domina el patio del palacio.  Por esa variedad de estilos e intereses nunca perteneció a ninguna corriente artística en concreto, pero bebió de todas ellas. Solo así podían surgir obras tan extraordinarias y personales como su elegante visión de Kiki de Montparnasse.

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