Begoña Pérez, La Ordenatriz, está en Zaragoza para presentar su nuevo libro, Contigo en cada cambio (Planeta), en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés.
Durante años nos ha enseñado qué hacer con una mancha imposible, cómo poner orden en un armario y cómo enfrentarnos a esos pequeños desastres domésticos del día a día. Ahora cambia ligeramente el foco: porque hay momentos en los que lo que se desordena no está dentro de un cajón.
Mudanzas, nacimientos, reformas, nuevas etapas o imprevistos pueden poner nuestra vida patas arriba. Y ahí, explica Begoña, el orden y la organización también pueden ayudarnos. Hablamos con ella de su nuevo libro, de todo lo que ha aprendido durante estos años y, aprovechando que está en Zaragoza, hasta de cómo sobrevivir a los Pilares con la casa y la ropa bajo control.
Han sacado hace poco un titular donde dices: «Nunca he sido ordenada». Para quien no lo sepa, eres madre de siete hijos, empezaste en redes y ahora tienes más de dos millones de seguidores. ¿En qué momento aparece La Ordenatriz y qué tiene que ver esa Begoña que nunca fue especialmente ordenada con la que conocemos hoy?
Eso es, no era ordenada. Tampoco era desordenada, o sea, que no era una cosa… Los extremos no me han encantado nunca. Lo que pasa es que, hijo tras hijo, hay que ser disciplinado y hay que ser ordenado, porque si no, uno se vuelve loco. Pero, dicho esto, ya con los siete vivitos y coleando, desgraciadamente fallece mi padre. Y entonces me empezó a desordenar, poco a poco, porque tampoco es una caída en vacío. Y a los dos años digo: «Ya, no puedo más». El desorden ya me estaba invadiendo mi espacio, literal.
Y entonces vuelvo a leer el libro de Marie Kondo, que es la gran organizadora profesional mundial, y la verdad es que ella sí que tiene un don para el orden. Digo: «Jope, pues si yo lo estoy aprendiendo, yo lo puedo enseñar». Con lo cual me puse, me abrí un perfil, hice un cursillo, que en el fondo es para ver qué te gusta, si te gusta el orden. Y luego vino la pandemia y me puse a contar cosas de manchas. Antes que ordenar había que limpiar, porque no teníamos ni idea. Yo no sabía que sabía tanto. Ahora soy puro ensayo-error, ir viendo un poco los elementos, sin ser química, y hasta hoy.
¿Qué parte de Begoña Pérez no conocemos porque siempre estamos preguntándote por manchas, armarios y lavadoras?
Pues Bego es súper despistada, no puedo ser más despistada. Me espanta a mí misma. Es un defecto un poquito feo, puede parecer que no me importa la gente, a lo mejor porque se me olvida una cita o algo de trabajo, y parece que se me resbala todo, pero no es así. Me importa muchísimo. Lo último que quisiera es que la gente no se sintiera querida. Y he visto que con este trabajo la gente se ve atendida, se ve querida, se ve respondida, aunque sea en general. En particular lo intento, pero a eso no llego, porque necesitaría no 24 horas, sino 48 horas para un día. Me parece que con esto hago un bien muy bueno, no solo a mí, sino al resto.
Y sí, también me viene bien para ordenarme a mí. Hay veces que me cuesta un montón y digo: «A ver, Bego, te dedicas a esto». Me hablo como si fuera otra persona, y vuelvo con la emoción. Parece que no, pero tiene mucho que ver con el corazón. Ordenar tus cosas cuesta un montón; cuando ordenas las del de al lado, y te quitas del sentimiento, uno ordena un poquito más rápido y un poquito mejor.
En tus anteriores libros nos has enseñado a enfrentarnos a las manchas y al desorden. Pero ahora, con Contigo en cada cambio, das un paso más y hablas de cuando la vida se desordena. ¿En qué momento te diste cuenta de que el verdadero problema no siempre estaba en el estado de la casa?
Total. El verdadero problema empieza y termina en nosotros, en lo que pensamos, en la actitud que tenemos: «Es que tengo muchísima prisa y no tengo tiempo para esto». Y sin juicios, porque este libro va justo de eso, nada de juicios, sino de acompañar. De decir: «Oye, igual no lo estás valorando». A lo mejor no valoramos una cosa material, o a lo mejor no estamos valorando tener salud.
Este libro nace desde el agradecimiento. A lo mejor es muy cansado recibir a gente en casa, en Navidad o en una cena normal y corriente: «Jo, qué cansado, tengo que ir a comprar, tengo que organizar y esperar, me supera, porque en el día a día estoy muy cansada». Y digo, no, lo que yo quiero es… estoy súper agradecida a mis amigos y quiero hacer esta cena. Por supuesto me voy a cansar, pero qué guay, porque luego puedo descansar.
¿Consideras que ordenamos la casa porque necesitamos sentir que tenemos el control sobre nuestra vida, o conseguimos sentir que tenemos más control cuando ordenamos la casa?
Sí, diría que las dos cosas. Son casi lo mismo. Lo que pasa es que, desde uno mismo, cuando uno está ordenado, ordena. Precisamente por eso, porque es capaz de ordenar. Cuando uno es incapaz de ordenar —también lo digo en el libro—, déjalo, date tu tiempo: a lo mejor estás en un duelo, en una mudanza, has pasado un momento duro, o un momento guay, como que tienes un niño. Pero si en ese momento eres incapaz de ordenar, muy bien: agárrate a las rutinas. El paraguas es la organización, pero dentro del paraguas tenemos las rutinas, los hábitos, el orden, apuntar las listas. Y eso nos puede llevar a que el paraguas nos esté dando cobijo.
Y si no tenemos en ese momento para organizar ni para ordenar, vámonos poco a poco, poquitas cosas: «Voy a ordenar dos minutos». Para eso sí soy capaz; a lo mejor no para dos horas, pero dos minutos sí. Y dos minutos más otros dos minutos, más pasado mañana otros dos minutos… multiplica dos minutos por 365 días al año, unas cuantas cosas vamos a ordenar, seguro.
Llevémoslo al día a día, porque hay momentos en los que todos sentimos que no nos da la vida y que nuestra casa tampoco ayuda demasiado. Si tuvieras que ver la vida de un joven que estudia, trabaja, llega tarde y parece que no llega a todo, ¿por dónde le dirías que empiece?
Pues mira, yo creo que no nos han enseñado a parar. Y también lo digo en el libro: hay que parar. Parando es como se descubren las cosas. De hecho, todo el mundo te lo dice. Yo, cuando estuve sin trabajo, es en un momento de reposo cuando ves que necesitas ordenar, que necesitas poner organización. No voy a decir «quítate el móvil», porque si no paras y no lo ves, no lo vas a hacer. Entonces es mucho mejor parar y decir: «¿Qué es lo peor que llevo?». Ataca eso. Una cosa, no vayas a más cosas. Porque ser joven es muy guay, tienen energía, fuerza y pueden con todo. A lo mejor necesitan una mejora personal para decir «para, mira, observa», y luego ya toma nota.
Si hoy entrases en la casa de alguien joven, ¿qué tres cosas mirarías primero para conseguir que su casa le facilite la vida en lugar de darle más trabajo?
Siempre por lo que peor llevemos. Yo, por ejemplo, sería el hall. Porque el hall, si está desordenado, es lo último que dejo de ver de mi casa y lo primero que veo cuando entro. Igual te suena un poco raro, pero es verdad que una casa emite energías, buen rollo o mal rollo, y esto es así. El hall es lo primero. En vez de escondernos —«a ver qué piensa el de Amazon de mi casa, que está hecha un desastre»—, ya puedo abrir ampliamente y firmar y aceptar ese envío. Puede dar la primera impresión, y luego lo demás ya se pule y se mejora.
Y luego casi te diría que siempre teniendo la cocina ordenada, porque me parece fundamental que esté ordenada y limpia. La cocina la voy a dar por hecho que está ordenada; es muy difícil de desordenar, porque para eso sí que hemos necesitado tiempo para parar y para pensar qué quiero, qué me gusta, qué necesito. Mi problema es cambiar de sitio esas tijeras de papelería con las que he ido a cortar una etiqueta, y las meto en el baño porque me estoy vistiendo ahí; ese maquillaje que he llevado al coche y no es su sitio. Entonces, lo primero que hay que ordenar: el hall, armario y cuarto de baño.
Después de años viendo manchas, armarios y casas ajenas, ¿qué problema doméstico sigue poniéndote a prueba?
En sí, mi día a día. En cuestión de limpieza diría que más de orden. Al final, si saco una taza, saco la cucharilla, saco la leche, hago el café y la cafetera la dejo por ahí, caliente, todo sucio… voy a volver, y por la noche, después de trabajar, que llego cansada como todo el mundo, digo: «¿Por qué es esto? No puedo hacerme ni una ensalada, porque tengo que recoger». Entonces, no: recoger lo que usamos en ese momento. Es difícil, pero se puede conseguir.
¿Y no ha habido ninguna mancha de la que hayas dicho «esto no sé cómo quitarlo»?
Sí, hay varias de ese estilo. Una es la de la lejía: no tiene solución. Más que una mancha es una decoloración; ya se ha cargado el color, así que o teñir, o le damos con un rotulador si es una cosa pequeña, o si es grande, a teñir directamente. O, al contrario, desteñir del todo para unificar el color.
Y luego hay unas manchas que son del juego de pompas de niños, esa es una especie de glicerina. Y te voy a decir, porque dirás «vale, no tengo hijos» pues igual, eres joven o mayor, y utilizas el método Curly, de producto de pelo. Esa espuma también lleva glicerina, que nos deja unas gotitas en la ropa que, a priori, casi no se ven. Lo ponemos a lavar en la lavadora y, una vez que se ha juntado con agua, con jabón, con esos sulfatos y con esa glicerina —y no estoy hablando de que sean malos productos, sino que esto es un hecho—, se incrustan, se vuelve una mancha grisácea y no hay manera de que salgan. Hace una camiseta impracticable. Mejor tirarla antes que volverse loco.
Y ya que estás en Zaragoza, no puedo dejar pasar los Pilares: nueve días de fiestas, gente entrando y saliendo de casa, comidas, cenas, invitados, flores, cachirulos, ropa de fiesta… ¿Cuál sería tu «kit de supervivencia» para mantener una casa mínimamente bajo control durante los Pilares?
¡Ah, qué buena pregunta! Lo primero es tener todo recogido y todo ordenado. Me voy de fiestas, yo tengo mi look 1 hasta el look 2, 3, 9, para ir limpia y que me dé tiempo; si voy a repetir, que me dé tiempo; si son zapatillas, a ver cómo se secan, si las tengo que lavar. Eso, tenerlo súper previsto, para no caer en los nervios.
Si vamos a recibir a gente en casa —que también sería deseable—, lo mismo.Tenerlo recogido y tener en la nevera las bebidas que le gusten a cada uno; siempre una patata frita o unas gildas, que es más o menos fácil. Es verdad que enfriar hace falta como un proceso. Y tenerlo recogido, porque si no, entras a una casa y dices: «Qué asco». ¿El segundo día? Ahí están los trucos de antes: el primer día se recoge y se mete en el lavavajillas todo lo que se ha usado. Y luego, a lo mejor no me da tiempo y lo tengo que recoger otra vez directamente en el lavavajillas, pero que esté recogido.
«Que la casa me acoja. Que me acoja a mí, a mi familia, a mis amigos, a los que quiero yo».
Begoña Pérez, La Ordenatriz
Y vayamos a lo verdaderamente importante: ¿cómo podemos deshacernos de esa mancha de calimocho que nos perturba durante las fiestas?
Te voy a decir un tip muy generalista que le va a encantar a la gente. Si te manchas fuera —en un bar, en casa de alguien—, dos cosas. Una: úntate jabón de manos. Te lo untas y lo dejas secar; la mancha ya está, ya la lavarás, pero después del jabón va a salir inmediatamente. Y luego, llévate una tiza: una tiza de las de antes, de las blanquitas, de tal manera que empiezas a frotar encima de la mancha, y pinta. Si la tela es blanca, ni te cuento lo bien que deja la mancha.
Y me da igual el estilo de la mancha: si es otro tejido —pongamos un pantalón negro—, empezamos a pintar sobre el mismo punto, de tal manera que hacemos como una especie de polvo de talco, y eso va a absorber la mancha. Me da igual que sea un vino, una mancha de grasa o lo que sea; siempre que sea pequeña. Para una cosa muy imposible, puedes llevar una tiza: es muy barata, la puede llevar cualquiera en el bolso, y eso está muy bien. Y luego hay que lavarlo, y lo del jabón también. A lo mejor lo de la tiza, de repente lo cepillas y sale así, entero, ya desaparecido, que la magia de los polvos de talco es así.
El truco de la tiza para quitar una mancha de vino o calimocho
El truco estrella de La Ordenatriz
Una tiza en el bolso: el remedio antimanchas para las fiestas
Si te manchas fuera —en un bar o en casa de alguien—, Bego recomienda dos gestos sencillos:
1. Jabón de manos. «Te lo untas y lo dejas secar; la mancha ya está, ya la lavarás, pero después del jabón va a salir inmediatamente».
2. Una tiza de las de antes. «Empiezas a frotar encima de la mancha, y pinta. Si la tela es blanca, ni te cuento lo bien que deja la mancha».
¿Y si la ropa es de color? «Pongamos un pantalón negro: empiezas a pintar sobre el mismo punto, hacemos como una especie de polvo de talco, y eso va a absorber la mancha». Vale para vino, grasa o lo que sea, siempre que la mancha sea pequeña.
Después, a lavar. Y como dice ella, «la magia de los polvos de talco» hace el resto: a veces basta con cepillar y la mancha desaparece.
Después de tantos años entrando, de alguna forma, en las casas y en las vidas de tantas personas, ¿qué has aprendido sobre la gente que quizá no esperabas cuando empezaste?
Alucino con que me hagan caso. Y en mi vida particular, mis hijos no me hacen ni caso. A veces digo: «Me han hecho caso hoy 300.000 personas, ¿y tú, de verdad, no me haces caso?». Pero bueno. Yo no tengo ningún tipo de pudor, a veces les digo: «Aprovéchate, con todos los libros que tengo en casa míos, ¿no puedes coger uno a ver si está la manchita?». Luego sí, cuando están apurados o fuera de casa, ahí se ponen el gorro delante de los amigos: «¡Mamá! ¿Cómo se quita el calimocho?». Y les digo: «Que estás en casa de mi amiga, que tiene fórmula mágica, búscala». Estas conversaciones se han repetido cinco y más veces con mis hijos, ahí sí me hacen caso.
Para terminar, ¿cuál sería tu «consejo de limpieza vital», ese que crees que todo el mundo debería saber?
La máxima que siempre digo, y que me quiero grabar a fuego —y que me gustaría grabarles a fuego a mis hijos—, es: lo que se usa, se guarda. Todos, en esta vida, tenemos un momento muy bonito o de cambio, que a veces es asustante. Con este libro, sin juicio, intento unificar trucos de limpieza con cosas de orden, y así colocarnos bien.







